Romanesco y coliflores de colores en el huerto de otoño
Difícilmente encontrarás coliflores de colores en los supermercados, pero precisamente por eso, y por sus cualidades de superalimentos, merece la pena cultivarlas en el huerto doméstico. Son variedades tan o más sustanciosas que la blanca, al igual que el romanesco: suculentas parientes de las coles y el brócoli que nos ofrendan sus deliciosas yemas florales en los meses más fríos del año.
La coliflor forma parte de la dieta mediterránea desde hace milenios. El origen de esta pariente de las coles, la Brassica oleracea var. botrytis, se sitúa en Asia Menor, Siria y Líbano, pero fueron al parecer los romanos quienes la empezaron a consumir como alimento, ya que con anterioridad solo se utilizaba para aliviar dolores de cabeza o desarreglos estomacales.
Fue precisamente en Italia donde se popularizaron coliflores moradas como la famosa ‘Di Sicilia Violetta’, o el romanesco, que no es un híbrido de coliflor y brócoli, sino una coliflor verde lima de origen natural con una llamativa estructura fractal (lo explicamos más adelante).
En los años 70 surgió espontáneamente en Canadá una coliflor amarilla a la que se bautizó ‘Cheddar’ por su color parecido al del queso. A finales de los 80, una mutación dio pie a la ‘Graffiti’, de intensa tonalidad púrpura. Más reciente es ‘Depurple’, rosa malva, y de hace apenas dos años ‘Dark Vader’, morada. También las hay de color verde lima, como la clásica ‘Verde di Macerata’ y su pariente ‘Marches Green’, ambas italianas, y el híbrido F1 ‘Green Trevi’. Todas son variedades vigorosas, resistentes al frío y las heladas ligeras, ideales para el huerto de otoño.
Estas coliflores de colores son tan alimenticias como las blancas, pero de sabor más suave, aromático y dulzón. Además, aportan el efecto antioxidante de sus pigmentos, que neutraliza los radicales libres que causan el envejecimiento celular: antocianinas en las moradas, betacarotenos —precursores de la vitamina A— en las amarillas y clorofila en las verdes. Se pueden consumir como cualquier coliflor —mejor si es en cocciones cortas, al vapor o incluso cruda para conservar los colores y la vitamina C— y soportan bien la congelación.
Cómo cultivar las coliflores
• Aprovecha que todavía no hace mucho frío y planta los planteles sin demora. Los tienes en los centros de jardinería.
• Deja una distancia de 40-80 cm entre ejemplares para que dispongan de espacio suficiente para desarrollarse adecuadamente.
• Plántalos en un lugar donde reciban abundante luz natural. Lo ideal es en sombra. parcial para que reciban algunas horas de sol directo. Cuanta más luz, más intenso el color.
• Procúrales un suelo rico en humus y con buen drenaje. Es importante aflojarlo en torno a las plantas y escardar las adventicias.
• Riégalas con regularidad y moderación, evitando siempre la falta de agua, que puede hacer que la planta espigue, y el encharcamiento.
• Es un cultivo especialmente ávido de nutrientes. Apórtales compost en el momento de la plantación y un fertilizante equilibrado al cabo de un par de meses.
• Líbralas de las orugas y pulgones, sus plagas más habituales. Aplica extracto de ortiga como prevención e insecticidas bio para controlarlas. Búscalos en tu centro de jardinería.
• Acolcha el suelo con paja limpia para conservar la humedad y evitar las adventicias.
• Toleran bien el frío (hasta -10º), pero si se van a producir heladas puedes echar mano de las campanas transparentes para proteger los planteles o las plantas jóvenes.
• Debes cosechar las coliflores antes de que suban a flor, lo cual puede ocurrir por un repentino aumento de la temperatura. Cuando esto sucede pierden su habitual consistencia y se vuelven amargas. No te descuides.
• Si quieres cultivarlas en un tiesto o contenedor, busca uno con un diámetro de al menos 30 cm, que cuente con agujero de drenaje. Rellénalo con sustrato para huerto.
En el romanesco, la geometría de fractales se convierte en yemas florales
En el romanesco resulta fascinante su diseño natural basado en la geometría de fractales: los conos que van formando las yemas florales se van replicando a escala con un patrón de autosimilitud que se repite sin fin, estructurados en espirales que responden a la secuencia numérica de Fibonacci. Esta serie matemática infinita, donde cada número es la suma de los dos anteriores, explica la proporción áurea que rige en diversos patrones naturales, entre ellos las cabezuelas de pipas de los girasoles, las piñas o la concha de los caracoles.
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